Urueña

Asomado a la llanura desde el borde del páramo, Urueña es un púlpito de luces y discursos. Y también un mirador.

Púlpito sonoro que permite oír el gorjeo de los pájaros, el sonido de la música, el tañer de las campanas y el eco azul de los rebaños. Azotea desnuda donde sopla el viento con especial crudeza, para limpiar el aire de asechanzas inútiles y también de devaneos.

El adarve es una bisectriz que separa dos mundos compartidos: el escenario exterior de la llanura formado por la sucesión pictórica de amarillos y ocres, y la lejanía azul de un horizonte que cada día se muestra más incierto. Y la retícula interior de calles y tejados, el laberinto indescifrable de los tabiques íntimos, el perímetro cotidiano de tapias, corrales y patios.

Si resulta sugestivo el paisaje horizontal y labrantío que se extiende sin secretos hasta más allá del infinito, también puede ser apasionante adentrarse en ese dédalo de calles y callejas, de tapias encaladas que de pronto interrumpen la libertad del aire, de miradores recientemente abiertos al asombro y tejados aún adolescentes, de fachadas donde comparten experiencias la piedra, la madera y el adobe.

El adarve como una frontera de escenarios que se complementan: los surcos pictóricos y las casas, la epifanía del color y la memoria de las tejas que dialogan con el agua y el viento.

Tal como sugiere Antonio Colinas, desde el adarve se siente la respiración de las espigas, la arquitectura de los cardos y el color de los trapecios.

Urueña (Valladolid). Vista desde el adarve.

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