Tranströmer

El Nobel de literatura este año nos ha sorprendido premiando a un poeta escandinavo que ha resultado ser un autor desconocido para la mayoría. Siendo la poesía un género minoritario, no es de extrañar que los poetas que pugnan por el Nobel sean escasos y sorprendentes. Herta Muller era el ejemplo más reciente de poetas galardonados, pero también era premiada por su dominio de la prosa, por lo que debemos remontarnos al premio otorgado en 1996 a Wislawa Szymborska para encontrarnos un Nobel dedicado enteramente a este género.

¿Quién es Tranströmer?, se preguntaría la mayoría al oír nombrar al nuevo premio Nobel. Tomas Tranströmer (Estocolmo, 1931) es el poeta vivo más conocido de Suecia, con una obra traducida a más de 50 idiomas. Es psicólogo, ha desempeñado este trabajo durante décadas en prisiones y hospitales y también un apasionado de la música. En su faceta poética, estamos ante un poeta de naturaleza y de silencios, cuyos versos evocan ese halo de soledad que se pueden percibir fácilmente en ciertos paisajes nórdicos. Tranströmer sufrió en 1990 una hemiplejia que le afectó al habla pero que en absoluto afectó a su capacidad para seguir escribiendo.

Estamos convencidos de que pese a las controversias de índole nacionalista causadas por la concesión de este premio a un autor de origen sueco, la Academia está comprometida con la idea de que el Nobel es un premio que se concede con extremo rigor a la trayectoria y al mérito. Estamos convencidos de que Tranströmer va a contribuir a que la poesía gane algunos lectores gracias a su lenguaje cotidiano y a sus imágenes.

Soledad

I

Aquí estuve a punto de morir una noche de febrero.
El auto patinó de costado en el suelo resbaladizo fuera
en el lado equivocado del camino. Los autos que venían –
sus lámparas – se acercaron demasiado.

Mi nombre, mis hijas, mi trabajo
se desencajaron y se quedaron en silencio atrás,
cada vez más lejos. Yo era anónimo
como un niño en el patio de recreo rodeado de enemigos.

El tráfico en dirección contraria tenía inmensas luces.
Me alumbraron mientras yo maniobraba y maniobraba
en un temor transparente que flotaba como clara de huevo.
Los segundos aumentaron – tuve lugar allí –
se hicieron tan enormes como edificios de hospital.

Casi uno podía quedarse
y respirar por un tiempo
antes de ser aplastado.

Luego surgió un amparo: un grano de arena salvador
o una ráfaga de viento. El auto partió
y se arrastró rápidamente a través del camino.
Un poste fue chocado y se quebró – un retumbo agudo –
Voló en la oscuridad.

Hasta que se aquietó. Me quedé sentado en sosiego
y ví cómo alguien vino a través de la borrasca de nieve
para ver qué fue de mí.

II

He vagado largo tiempo
por los campos congelados de la Gotlandia del Este.
Ningún individuo ha estado a la vista.
En otras partes del mundo
hay algunos que nacen, viven, mueren
en un constante gentío.

Estar siempre visible – vivo
ante un enjambre de ojos –
debe dar una expresión facial determinada.
La cara cubierta de barro.

El murmullo sube y baja
mientras se reparten entre ellos
el cielo, las sombras, los granos de arena.

Tengo que estar solo
diez minutos por la mañana
y diez minutos por la tarde.
– Sin programación.

Del libro El cielo a medio hacer. Trad. Roberto Mascaró. (Ed. Nórdica)

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