Tierra de campos

Se tienden los trapecios de color hasta formar un horizonte ilimitado. Surcos y más surcos, que configuran en invierno una paleta de verdes y ocres, y en verano deslumbran con su fulgor dorado.

A lo largo de la llanura interminable no hay otra cosa sino una sucesión de pinceladas. Surge, a veces, un palomar ruinoso que se esfuerza en recordar la presencia de nidos y revoloteos en su perímetro de adobes olvidados. A veces, con fulgor de ceniza u oros de retablo, levanta su estatura un chopo solitario. Inmensamente solitario. Aplastado por la inmóvil lámina del cielo y rodeado por la infinitud del campo. A veces, es el trazo de una torre quien se yergue, pletórico de historia, sobre las tejas reunidas.

A veces, una conjunción de manchas rojas delata la presencia de un pueblo. Pero lo que predomina en la distancia es la vasta extensión de las espigas, tendidas como una maldición o una fuente de sustento.

Y la lejanía azul del horizonte, cada vez más nítida y distante.
¿Quién puebla estos espacios dilatados?
La esencia desnuda del paisaje.
¿Quién habita los surcos?
El cuerpo sutil de la belleza y la callada plenitud del aire.

Peñaflor de Hornija (Valladolid). Retablo pictórico de verdes, rojos y amarillos.

2 comentarios en “Tierra de campos”

  1. Gracias, Chelo, por compartir la belleza del paisaje. De él, de su armonía geométrica, nace el interés que pueda tener el texto.

    Yo también te envío un abrazo.

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