Palomar en Quintanilla de la Cueza (Palencia)

Se levanta en Quintanilla de la Cueza, pueblo de apenas diez habitantes en invierno que, a pesar de formar parte del Camino de Santiago, está muerto desde hace mucho tiempo.

El peregrino amante de la arquitectura y el paisaje se fija en la torre mudéjar que corona el breve caserío, pero apenas repara en este palomar rehabilitado cuya redondez de volúmenes queda realzada por la luz acariciante.

Podría haber pertenecido en el pasado a uno de esos hidalgos de capa algo raída y calzas acuchilladas por el aire, más interesados en cuidar de su apariencia que en retejar la propiedad. Pero todo hace sospechar que su dueño es un menestral de estos nuevos tiempos, quizás un empleado bancario, un profesor de instituto o un burócrata de la Diputación Provincial.

Un propietario que, con celo de tendero de ultramarinos y perseverancia de soltero contumaz, ha ido restaurando el edificio transmitido de herencia en herencia hasta llegar a sus manos.

Hoy se muestra como una pincelada de luz crepuscular sobre un zócalo de verdes. Como si fuera una tabla hispano-flamenca escondida en la predela de uno de esos hermosos y desconocidos retablos que tanto abundan en la zona.

Palomar en Quintanilla de la Cueza (Palencia).

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