No convencieron ergo no vencieron

El pasado 22 de diciembre presentamos en la Librería Lé de Madrid el último libro de Oportet: el bien documentado, y no por eso menos emotivo, «Venceréis, pero no convenceréis»: la última lección de Unamuno. Ahora, en vísperas de publicar un inédito de Unamuno, del que daremos cumplida cuenta próximamente, ofrecemos aquí la estupenda presentación que hizo Juan Luis Conde, autor de El abrigo de Thomas Mann, un interesantísimo libro que recomendamos vivamente desde aquí.

El «acto literario» de 12 de octubre de 1936 es un episodio de un simbolismo extraordinario, casi excesivo (¡combínense mentalmente las fechas «12 de octubre» y «1936»!), y la sesión quedó plasmada en una frase a la altura de su importancia que ha resultado a la vez lección y profecía. En torno a esa frase, «Venceréis pero no convenceréis», que todos conocíamos siempre carente de contexto, convertida casi en refrán, Pollux Hernúñez ha creado una obra de un solo acto y una estructura de relojería. Discurre en el mejor escenario posible, un escenario que hubieran elegido Ionesco o Pirandello: «el Templo de la inteligencia», en definición del propio Unamuno, el Paraninfo de la Universidad vieja de Salamanca. Pollux ha encontrado la única salida posible a la pregunta: ¿cómo fue aquello? Y lo ha hecho combinando creativamente la ciencia y el arte, la filología y la dramaturgia.

Como investigador, como detective, podrían comentarse elogiosamente muchas de sus deducciones, pero me limitaré a probablemente la tarea más ingrata que haya tenido que afrontar Pollux, la más dura: su reconstrucción de los cuatro discursos pronunciados durante la sesión. ¡Pobre Pollux poniendo orden en esa sarta de homilías! Reconozco que en mi primera lectura me salté los discursos y fui directamente a la reacción de Unamuno. Sólo al forzarme a leerlos para preparar esta presentación pude valorar verdaderamente el sacrificio del autor recogiendo retales de aquí de allá, de la prensa y de los diarios personales, y ensamblando las cuatro piezas oratorias de Ramos Loscertales, Beltrán de Heredia, Maldonado de Guevara y José María Pemán —cuatro piezas de las que ninguno de los presentes se acordaba más tarde para nada y cuyos adjetivos aplazo por el momento.

Los cuatro discursos conforman un larguísimo prólogo escénico que, desde la tribuna de oradores, prepara la reacción imprevista del personaje Miguel de Unamuno y desencadena la brutal tensión dramática final de la obra. Los discursos van aumentando en extensión gradualmente, desde Ramos a Pemán, y también lo hacen en intensidad, como si se tratara de un progreso hacia el paroxismo o el delirio que puede medirse en las respuestas del auditorio. El discurso de Ramos es el más breve, con una clara de voluntad de estilo fatuo-fascista y, en su contenido, me pareció desconcertante. El día en que se celebra la «gesta» española por excelencia, Ramos se dedica a elogiar el papel pionero de Portugal en la carrera de los descubrimientos. Parece una pieza al servicio de la diplomacia de los facciosos con el «Estado Novo» portugués. También me resultó sorprendente el discurso de Beltrán de Heredia, un poco más largo, en clave más académica e institucional: habla de una de esas cosas de las que podemos enorgullecernos los charros, el llamado «criticismo» del imperio español, horneado en Salamanca por Antonio de Montesinos, Francisco Vitoria y Bartolomé de Las Casas. Lástima que todo se diga en un lenguaje paternalista, moroso y repetitivo —y directamente racista.

Hasta ahí, como el lector, Unamuno debió tener que hacer esfuerzos para soportar el aburrimiento, pero todo cambió con la intervención del catedrático Maldonado de Guevara, que es verdaderamente repugnante. Maldonado es el responsable de la retórica «Oriente contra Occidente». Con una desquiciada lógica cartográfica, dice que la misión de España, por estar en el confín de Occidente, ha sido la de enfrentarse siempre con Oriente, saco conceptual al que lo mismo arroja a los musulmanes, a los turcos o a los rusos. Para hacer pasar su delirio por un producto del conocimiento, Maldonado utiliza el viejo truco de aplastar al auditorio con palabros: «concinación», «climatérico», «paráclito», «quiliástico»»… ¿Qué pensaría el señor rector de este uso del griego y el latín? Pero, de lo intelectual, se pasó directamente a lo personal: Maldonado carga de pronto contra catalanes y vascos, en los que encarna la Anti-España, comunidades a las que acusa nada menos que»… de «imperialismo». Resulta pasmoso un discurso así durante la celebración de un 12 de octubre, después de escuchar las ponencias anteriores en las que se elogia sin rodeos el imperialismo portugués y castellano y, sobre todo, hablando delante de un catalán (el obispo Pla y Deniel) y un vasco, el propio Miguel de Unamuno, ¡que presiden la mesa! No me cabe duda de que Unamuno debió sentir esto como un insulto personal en sus mismas narices. ¡Cómo debió de sufrir escuchando este panfleto incendiario, repleto literalmente de imágenes de teas y de hogueras! Que Maldonado arrancara del público con sus palabras el primer «¡Viva la muerte!» de la sesión es un acierto dramático para subrayar la catadura de su discurso —y tras el que creo ver la mano hábil del dramaturgo.

El discurso más extenso es el último, de José María Pemán, el único también que se presenta sin título en la recreación. Se podría proponer uno: «Sobre España, con “amor sobreexcitado”» —esa es la expresión con que el mismo confiesa estar hablando, inflamado por una pasión de ‘amante’. Y sin duda ninguna, la de Pemán es la intervención sexual de la sesión, la más «caliente», interrumpida y aplaudida y jaleada por toda aquella testosterona reunida bajo los artesonados del Paraninfo. Pemán es responsable del tema de la «civilización cristiana». Bajo el rancio nombre de «menesteres de patriótica juglaría», hace teología de combate: certifica la unión mística entre España y la civilización cristiana y desarrolla muy conscientemente un planteamiento de Kulturkampf, de guerra cultural: describe una batalla en curso contra el librepensamiento, «simiente del comunismo», dice. Con cinismo a prueba de bomba, Pemán recurre a una oratoria concional (la propia de las arengas) pero pretende darle la apariencia de una férrea argumentación lógica. Sazonándose de citas desde Tácito a Isadora Duncan, va «sentando premisas» que pretenden empujar al auditorio en brazos de sus conclusiones con una fuerza silogística.

Para arrancar el aplauso y la aclamación, como en toda buena arenga, Pemán recurre a momentos intensos de exuberancia ideológica o cursilería poética, entre la que destaca una simpática retahíla de símiles repollescamente musicales de los no he podido resistirme a seleccionar una breve muestra: las prefiguraciones del cristianismo que él encuentra en los pensadores greco-romanos, de Sócrates a Virgilio, son «élitros de la cigarra que canta en el verano nuevo»; Fray Luis y el Renacimiento salmantino son «canto de órgano de las encinas de Castilla sobre las espigas verde y oro». Para evocar la tremenda naturaleza americana a la que se enfrentan los conquistadores hispanos habla de «una guitarra en la panza de los Andes pulsada por el huracán».
Con todo este aparato, lo que hace Pemán no es otra cosa que condonar la existencia de las relaciones de dominación y el sufrimiento de los explotados: el objeto de su nostalgia es el pueblo sufrido, resignado a una superior misión divina, la civilización cristiana, de la que es y debe ser víctima paciente.

Al concluir Pemán y con él los cuatro interminables discursos del acto literario, cuando Unamuno se pone de pie y estalla, el lector tampoco pude aguantar ni un minuto más. Está pidiendo a gritos: «¡Por dios, Miguel di algo!» De manera que con su intervención experimenta un profundo desahogo, una verdadera kátharsis, como diría Aristóteles. Unamuno descarga su réplica sin rodeos, descubriendo la farsa: aquí se habla de una guerra en nombre de la civilización cristiana y occidental, dice, pero «los métodos con que se hace esa guerra no son ni civiles, ni occidentales y mucho menos cristianos». Genial»…. Con su maza intelectual derriba a Maldonado y a Pemán de un sólo golpe. Después se ceba en el catedrático de literatura y le echa en cara su insultante desfachatez. Finalmente, no ha olvidado el grito que el dramaturgo ha colocado con astucia y reparte también contra Millán Astray y los palmeros de la legión: «Viva la muerte quiere decir muera la vida. Yo me he pasado la vida con paradojas, pero ¡ésta ya es demasiado!», viene a decir.
Millán Astray rabia por interrumpir y callarle la boca a aquel viejo. Está indignado. Debió sentir como un insulto personal demasiado hiriente la comparación que Unamuno había hecho de su cuerpo mutilado con una España sin vascos ni catalanes. Lucha consigo mismo para no hacer lo que verdaderamente le pide ese cuerpo mutilado: meterle dos tiros a aquel insensato. Eso es, no nos engañemos, lo que sublima en el grito «¡Muera la inteligencia!».

Todas estas percepciones y sensaciones nos han sido sabiamente (incluso quizá inconscientemente) administradas por el artista, Pollux Hernúñez el dramaturgo. Durante gran parte de la representación apenas notamos su presencia, pero hay dos momentos al final de la obra, en medio de todo el barullo, en que se le ve, presumo. La primera es la despedida de Millán Astray, dándole la mano buena a Unamuno, que suena entre obsequiosa y amenazante, o las dos cosas a la vez: «A ver cuando nos vemos». Y la manera sencilla y escalofriante (respetando la ficción de las buenas formas en medio de la guerra y los «paseos»), con que Unamuno acepta el desafío: «Cuando usted quiera.» Una conversación trivial en otro contexto se carga aquí de tensión y huele a pólvora.
La segunda intervención que subrayo de Pollux es la acotación final: Unamuno tropieza en el umbral y sólo le evita la caída el brazo de Carmen Polo, la mujer del dictador. Esa imagen del héroe tambaleándose sostenido por un actor a quien sólo hemos advertido porque ha llegado tarde al acto, una mujer en una reunión de garañones con pistolas, cierra el drama con un guiño irónico al caprichoso reparto de papeles que en nuestra triste historia suele asignar la victoria a protagonistas y figurantes. Pero, más que Carmen Polo, a la memoria de Unamuno la salva el que su lección de entonces (en futuro de indicativo) también resultara profecía, y esa historia la contemos hoy quienes somos la prueba —a quienes aquellos discursos nunca nos convencieron. Aunque decía Gil de Biedma que la de España era la historia más triste porque siempre termina mal, se podría decir que con este texto hemos vencido un poquito»… y debemos darle las gracias a Pollux Hernúñez por esta reconfortante victoria incruenta de la inteligencia sobre la fuerza bruta.

Juan Luis CONDE

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