Los Machado y Unamuno: Cartas

La relación epistolar de los hermanos Machado con Unamuno se inicia con el siglo y se prolonga más de treinta años. A su regreso de una estancia de dos años en París, donde había trabajado como traductor para la editorial Garnier, y escrito su primer poemario, Alma, Manuel se sumergió en el bullente mundo de la prensa literaria del momento y, en el verano de 1901, solicitaba de Unamuno —en dos ocasiones—, una colaboración para el primer número de Juventud. El tono de la segunda carta permite suponer que habían coincidido en Madrid en algunas de las frecuentes visitas de Unamuno a la capital. Meses después, en febrero de 1902, le enviaba un ejemplar de Alma, pidiéndole en carta adjunta que opinara públicamente sobre él.

Muy conocido ya como crítico y publicista, Unamuno accedió generosamente a satisfacer aquel ruego con «un breve ensayo» que, años después, desarrolló en un largo prólogo para Alma. Museo. Los cantares, en el que elogia al poeta, aunque, en su papel de veterano maestro (le llevaba diez años), se permite exhortarle a que abandone ciertas modas francesas e incluso a que rectifique un verso que a él le gustaba más en la que consideraba su primigenia versión: «polvo, sudor y sangre», en vez de «polvo, sudor y hierro», advertencia infundada, como se verá más adelante.

Pero unos años antes, en 1903, Manuel ya le había hablado a Unamuno de su hermano Antonio, que empieza a cartearse con el vasco a propósito de su primer libro, Soledades, del que envió un ejemplar dedicado al rector salmantino. También Antonio había pasado por París, y había publicado sus primeros versos, pero no parece que Unamuno escribiera nada sobre Soledades, excepto su opinión a Manuel en una carta perdida, a la cual poco después Antonio respondía testimoniándole su agradecimiento. La también larga respuesta de Unamuno se publicó en la revista Helios, en la que Antonio colaboraba, y a ella repuso este con otra carta en El País en agosto de 1903. Perdida la carta inicial de Unamuno a Manuel, es imposible saber si elogiaba la obra de Antonio o no, aunque todo indica que diera una de cal y otra de arena, como años después, cuando confiaba a Candamo: «Vi en Renacimiento unos versos muy hermosos de Antonio Machado. ¡Pobre muchacho! Otra víctima de la ramplonería ambiente». En esa época Manuel era el que más le gustaba «entre los poetas vivos españoles», pero algunos años después su juicio era otro, pues escribiría a su amigo Múgica: «¿Por qué no estudia usted a Antonio Machado, nuestro más grande poeta vivo?».

Esos primeros años de contactos entre los dos hermanos y el rector salmantino ven consolidarse una amistad ferviente y duradera, que se refleja en una correspondencia, irregular sin duda, pero muy intensa en algunos momentos. En ella puede percibirse una clara diferencia de forma y contenidos entre Manuel y Antonio: las cartas de este suelen ser más largas y enjundiosas que las de Manuel, más breves y ligeras.

Antonio admiraba incondicionalmente a Unamuno, pues sus ideas concordaban con las suyas. Desde siempre se ha considerado a Unamuno pensador —él se decía sentidor—, y a Antonio poeta, pero puede que a este le cuadre mejor tal calificativo en toda su plenitud, pues, inseparablemente de su vocación de poeta, su intelecto siempre estuvo ocupado con filosofías y en particular con el problema del ser y no ser. Los bandazos unamunianos le inspiraron, pero su pensamiento fue mucho más estable y, estudiando por su cuenta, se adelantó a Heidegger en la exploración del análisis ontológico si no en su teorización. Lo cual no quiere decir que Antonio no se sintiera en deuda con Unamuno, como él mismo admite: «Yo, al menos, sería un ingrato si no reconociera que a V. debo el haber saltado la tapia de mi corral o de mi huerto». Antonio suele abrir su corazón a un hombre al que admira tanto o más que su hermano, y con el que puede hablar íntimamente de sus preocupaciones, exponiendo sus ideas estéticas y poéticas, o desgranando su dolor por la muerte de su joven esposa. Los avatares de su vida, su poesía y sus reflexiones seguirán presentes en sus escritos al rector.

Las cartas de Manuel, aparte de más breves y numerosas, son más superficiales, a veces una mera petición de algo para él o para otros (una colaboración, una recomendación, un favor), incluido su hermano, del que habla admirativamente. Solo raramente se extiende sobre sus ideas o sobre la «charca» madrileña. Empleó su pluma en todo tipo de empeños literarios (cuento, novela, teatro, crítica, periodismo, etc.), pero se consideraba sobre todo poeta. Así lo entendió Unamuno, y como el gran poeta que es debería reivindicarse hoy día, retirada ya la losa que se echó sobre su obra durante décadas. Tras sus primeros años de bohemia creativa, madrileña o parisina, Manuel se casó, se hizo más convencional, obtuvo una plaza como funcionario y, aunque no abandonó la poesía, se decantó por el teatro (más lucrativo y vistoso), pero sus cartas no suelen reflejar su situación personal excepto en lo laboral.

A pesar de sus divergencias, Antonio siempre guardó cariño al bilbaíno, incluso cuando cayó en desgracia en el bando republicano tras dar su lamentado apoyo a los golpistas al principio de la guerra, pues, al enterarse de su muerte, le dedicó aquellas fraternales palabras: «¿De qué otro modo podía morir, sino luchando consigo mismo…?».

Manuel, por su parte, pasó la guerra en Burgos, adonde había acudido en vísperas del «Alzamiento» por la onomástica de una cuñada, lo que le impidió volver a su casa de Madrid. Tras ser denunciado, pues —como toda la familia— era republicano, hubo de falangistarse para lograr un trabajo en la capital de los insurrectos y alinearse con el franquismo. Qué suerte tan distinta la de aquellos dos hermanos tan unidos: uno obligado a escribir propaganda para salvar el pellejo en un bando, el otro haciendo lo propio por convicción en el otro.

Que el «compromiso» de Manuel con los responsables y vencedores de la guerra no fue de corazón —aunque su memoria sufriría una larga y perversa damnatio—, lo muestran estas palabras que inexplicablemente pudo publicar, nada menos que en Abc, un año antes de morir: «Se puede morir por una idea. No se puede matar por una idea. Idea que empieza por matar no triunfa. Nunca […] Y en cuanto a los que proclaman la necesidad de destruir y de aniquilar al enemigo vencido…, bastará recordarles que esa tendencia homicida y feroz revela en el vencedor más desconfianza, más miedo que fuerza, y, en último caso, falta de seguridad en el triunfo».

La correspondencia de Unamuno es ingente, aunque buena parte se ha perdido. La espléndida edición del matrimonio Rabaté, que contempla ocho volúmenes —de los que ya ha aparecido el primeroy este año verá la luz el segundo—, recogerá unas tres mil cartas, aunque puede calcularse que el vasco llegó a escribir hasta diez veces más a lo largo de su vida. Entre las perdidas se cuentan casi todas las que dirigió a los Machado. Es una pena, pues, como apuntó Antonio: «de sus mejores escritos son sus cartas privadas, donde esparce y regala lo mejor de su pensamiento» (Divagaciones,Apéndice 20).

Efectivamente, en las cartas ad familiares de los escritores suelen encontrarse detalles vivenciales y hallazgos creativos respectivamente más frescos y felices que en sus propias obras publicadas. Y, aunque hay algo impúdico a la par que morboso en penetrar en la intimidad de esas cartas, es útil hacerlo cuando los años han ido purgando lo accesorio para poder conocer mejor la personalidad y la obra de sus autores. Este volumen ahonda de manera exhaustiva en todo lo que se conoce de la relación epistolar entre los dos hermanos y Unamuno, no solo con el propósito de reunir y glosar lo que de ella se conserva, sino esperando arrojar alguna luz sobre cada uno de ellos y de sus escritos.

Las cartas son la parte visible de un iceberg cuyo amplísimo calado suele permanecer ignoto en las ediciones epistolográficas al uso, por lo que puede decirse que el lector de cartas se enfrenta muy a menudo a tres frustraciones. Es la primera que una carta dada se publique sin la precedente o subsiguiente del corresponsal de turno, ya sea porque estas se han perdido o porque el editor opte por reunir solo las de su autor, con lo que el lector se halla ante un diálogo entrecortado, como quien escuchase hablar por teléfono sin oír qué se dice al otro lado, o como quien leyera en un drama las réplicas de un personaje y no las de su antagonista. La segunda común frustración es que, aun disponiendo de las cartas de ambos corresponsales, no siempre pueda el lector percibir el meollo de lo que se escriben cuando hacen asidua alusión a libros, artículos, poemas u otros escritos, desconocidos o no fácilmente accesibles. Y la tercera procede del no glosarse siempre la multitud de referencias circunstanciales que los autores de cartas hacen a la realidad rica y variopinta que los rodea, dificultándose así una lectura plena.

A pesar de sus insoslayables lagunas, la presente edición pretende sortear tales frustraciones proponiendo —en orden cronológico— todas las cartas conocidas de nuestros autores (casi 80, incluidas las perdidas), ofreciendo en apéndice una exhaustiva compilación de los textos relacionados con ellas, y añadiendo un extenso aparato de notas documentales que explican toda referencia o alusión siempre que ha sido dable hacerlo. Sea el lector quien elija cuánto se detiene en cada una de estas tres partes. Se incluye además una bibliografía esencial, un índice onomástico general para facilitar la búsqueda, y la reproducción fotográfica de varias cartas.

Como se conservan 24 cartas de Manuel a Unamuno (una de ellas redactada por Luis de Oteyza y firmada por ambos), y 21 de Antonio, es lógico pensar que al menos otras tantas debió de escribirles Unamuno a ellos, aunque desgraciadamente hay escaso rastro de ellas. Cabe colegir, pues, que el número total de misivas intercambiadas entre los hermanos y el vasco alcanzaría el centenar entre cartas, tarjetas y notas. Aquí se rastrean hasta 78, reconstruyéndose las perdidas a partir de las alusiones contenidas en las conservadas.

Habida cuenta de las circunstancias, las cartas de Unamuno a Antonio se perderían cuando este dejó todo atrás al ser evacuado de Madrid en noviembre de 1936, o bien —si las llevó consigo— cuando huyó hacia la frontera, mientras que a Manuel quizá no le pareció conveniente conservar papeles de un hombre que acabó cayendo en desgracia entre los «nacionales». Sea como fuere, es posible que alguna de esas cartas duerma en un cajón o entre las páginas de algún libro y cabe esperar que, con el tiempo, acabe aflorando. (No hay ninguna entre los miles de documentos que los herederos de los Machado han hecho públicos últimamente). En puridad este volumen debería titularse Cartas de los Machado a Unamuno, pues que solo incluye media docena de cartas del rector salmantino y algunos flecos de otras, perdidas.

Las 14 cartas de Antonio que se conservan en la Casa-Museo Unamuno han sido publicadas en varias ocasiones, como se refleja en la Bibliografía. En la presente edición se recogen todas ellas, más otras 7 inéditas, propiedad del mismo coleccionista que conserva el manuscrito de los Apuntes unamunianos publicados por esta misma editorial, a quien una vez más agradezco la confianza que me dispensa poniendo en mis manos tan valiosos documentos. Las 7 cartas de Manuel conservadas en la Casa-Museo Unamuno (que ya en 1956 García Blanco sugería que se dieran a conocer), se publicaron por fin en el año 2002, y aquí se añaden a otras 17, propiedad del coleccionista anteriormente mencionado. Se incluyen también otras cartas —algunas colectivas—, aparecidas en prensa, así como dos cartas a Unamuno de un tercer hermano, Francisco Machado.

Pollux Hernúñez

Al editor solo le queda añadir que este generoso volumen, con sus 784 páginas, un apéndice con ochenta y tantos documentos —entre artículos de periódicos a veces poco accesibles, noticias y otras sabrosas anécdotas, poemas intercambiados y reproducción fotográfica de algunas cartas—, además de un millar largo de notas, constituye una auténtica enciclopedia para reconstruir y admirar las relaciones entre los hermanos Machado y Unamuno. Un índice onomástico de casi 50 páginas atestigua la labor enciclopédica de este singular epistolario.

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