Los garbanzos de don Benito (IV)

4. Como término de comparación y «por modo de fisga» pseudocientífica

No es infrecuente en la narrativa de Galdós el garbanzo como término de comparación, por su tamaño, preferentemente con lágrimas, gotas de sudor, granizo, perlas o diamantes, e incluso con el lobanillo de Benina. Hasta el ciego Mordejai tenía visiones de «pieldras de diversas clases», y entre ellas, «rubiles como garbanzos, perlas del tamaño de huevos de paloma…» (Misericordia, XIV).

Veamos unos cuantos ejemplos más:

«…un lagrimón como garbanzo corría por su mejilla» (El terror de 1824, I).
«Cada lagrimón que le caía abultaba más que un garbanzo» (El doctor Centeno, I, 2, 6).
«…ya estaba Felipe soltando de sus ojos lagrimones como garbanzos» (El doctor Centeno, II, 4, 5).
«Él sí que echaba unos lagrimones del tamaño de garbanzos» (Torquemada en la cruz, I, 14).
«La idea de que pudieran decir esto hacía brotar de la frente augusta de la viuda gotas de sudor del tamaño de garbanzos» (Fortunata y Jacinta, IV, 3,5).
«…el granizo, primero del tamaño de cañamones, luego como garbanzos» (Narváez, VI).
«Sobre él cayeron cantos de hielo, que empezaron garbanzos, luego fueron nueces, y por fin huevos de gallina de los de dos yemas» (El caballero encantado, XIII).
«…lucía collar de perlas como garbanzos» (Bodas reales, XXVIII).
«Aquel día le llevó la dama unas botitas muy lindas, y prometió llevarle otras prendas, pendientes y una sortija con un diamante fino del tamaño de un garbanzo» (Fortunata y Jacinta, I, 10,1).
[Benina tenía un] «lobanillo del tamaño de un garbanzo, redondo, cárdeno, situado como a media pulgada más arriba del entrecejo» (Misericordia, III).
 [La cara del cura] «es arrebolada, su boca risueña, su nariz como pico de garbanzo, sus ojillos pillines» (El abuelo, I, 9.ª).

Aparte del tamaño, una vez se usa por comparación con el cantarín sonido de la risa, aunque no sin cierto aire de burla: «La risa de la linda moza cayó en los oídos del poeta como lluvia de perlas sobre cristal… Esto pensaba; pero al punto rehízo la imagen, diciéndose que el mismo ruidillo gracioso sobre el cristal podía ser producido por garbanzos o granos de maíz» (Aita Tettauen, IV,1).

El garbanzo en la olla (o fuera de ella) también es objeto de comparaciones: lo de sentirse o estar «como garbanzo en olla» no es infrecuente en la literatura decimonónica. Sin ir más lejos, Valera lo usa en El Comendador Mendoza: «En la gran casa de los Mendoza bermejinos voy a estar como garbanzo en olla» (cap. V). Y don Benito no podía ser menos. Lo hallamos en Los Apostólicos, XXX: «tenía… dos hermosísimas y holgadas estancias, donde estaba como garbanzo en olla»; en Memorias de un cortesano de 1815, II: «en esta gran casa vives tú como garbanzo en olla; en La segunda casaca, II: «Pipaón, en esta gran casa vives tú como garbanzo en olla»; en Casandra, II, esc. 3.ª: «solito, como garbanzo en olla, en la extensión de la cama matrimonial». Por fortuna, hubo un personaje, raro en estos predios, que no cobraba sueldos ni comisiones, tanto que Eufrasia exclamó: «¡Feliz garbanzo que no figura en esta olla!» (Narváez, XXIII).

¿Y quién no jugó alguna vez de niño con garbanzos, e incluso los adultos para contabilizar las piedras o amarracos del mus? En Fortunata y Jacinta, Barbarita los usó para enseñar a su hijo Juanito: «…y le hacía ver claro los problemas de aritmética elemental, valiéndose de garbanzos o judías, pues de otro modo no andaba ella muy a gusto por aquellos derroteros» (Fortunata y Jacinta, I, 2,5). A doña Lupe la de los Pavos, «lo mismo era de ver… los garbanzos y poner su mano en ellos, que se le llenaba el cerebro de números» (Fortunata y Jacinta, III, 5,1). Tampoco nos faltaron como proyectiles, cosa disculpable entre chiquillos, pero menos en aquellos «militares y paisanos armados que no ocultaban su regocijo ante la grotesca figura y ditirámbico estilo del anciano Patricio Sarmiento», objeto de las burlas de esa gente tan «alegre, bien intencionada, maleante y juguetona» como los manteadores de Sancho (I 17.85), que lo mismo «le ponía una banqueta delante para que al pasar tropezase y cayese», como «le disparaba con cerbatana un garbanzo haciendo blanco en el cogote o la nariz» (El terror de 1824, I). Don Patricio fue aquí tratado con el escarnio de un cehomo («ecce homo»).

Hay otro juego, esta vez narrativo, al que la ironía de Galdós no pudo resistirse: el juego etimológico y técnico. Ya hemos visto que el profesor Máximo Manso habló del «cicer arietinum, que en romance llamamos garbanzo» (El amigo Manso, II). También el  médico don Pablo Nomdedeu recomendaba, siguiendo a Hipócrates, alternar «los buñuelos con la leguminosa cicer pisum, que llamamos garbanzo» (Gerona, IX). Y en fin, el sabio machacón don José Augusto del Becerro, decía con solemnidad de apóstrofe: «Héroes, decidme qué os daban de cenar vuestras mujeres cuando volvíais de la pelea: ¿cenabais guiso de cecina con erebintos, que hoy llamamos garbanzos?» (El caballero encantado, XIV). Que, por cierto, estos erebintos no son sino terebintos, cuyo fruto es, en efecto, una drupa del tamaño del guisante, que pasa del rojo al marrón oscuro según el grado de maduración; lo bueno es que, ya sea error galdosiano o errata de la princeps, tanto la edición de Cátedra (2000) como la de Akal (2006) han dejado crecer los erebintos sin corrección ni comentario.

Están por último los petardos, conocidos como ‘garbanzos tronantes’. Día hubo en que a Cándido Valiente, «que surtía de fuegos artificiales, en las fiestas de sus santos titulares», le dio «por enaltecer el arte del polvorista, elevándolo a la categoría de arte noble, con ideales hermosos, y su correspondiente trascendencia. Quejábase de la poca protección que da el Gobierno a la pirotecnia, pues no hay en toda España ni una mala escuela en que se enseñe la fabricación de fuegos artificiales. […]. Sostenía que los fuegos de pólvora pueden y deben ser una rama de la Instrucción Pública». Y cuando el ciego Rafael del Águila, «figura inmóvil y melancólica», en un arrebato o «arrechucho» de ira, furor, ansia de destrucción, le pidió «un petardo que al estallar se lleve por delante…, ¡qué sé yo!, medio mundo», Cándido le respondió con inocencia que no tenía dinamita, pero sí «el fulminante de protóxido de mercurio, que sirve para preparar los garbanzos tronantes y las arañas de luz. (Torquemada en la cruz, II, 16). He ahí un ciego que no veía forma de hacer justicia sino destruyendo «esta sociedad envilecida por los negocios y el positivismo»…

(Continuará)

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