Lápidas en la iglesia de Oude Kerk (Delft)

Las iglesias medievales españolas suelen tener el suelo alfombrado de lápidas. Lápidas que, en sus textos y símbolos, tratan de subrayar la grandeza de los grandes apellidos que en ellas fueron enterrados. Lucen blasones, frases en latín, fechas precisas, calaveras que recuerdan la fugacidad del tiempo pasado y el puñado de polvo en el que todos acabaremos convertidos.

            En las iglesias holandesas de Delft llama la atención el inusual adorno de las lápidas. Sobre todo, en su iglesia vieja (Oude Kerk). Son de grandes dimensiones, que el asombrado visitante atribuye a la pujanza económica de los prohombres allí sepultados o a su vanidad exacerbada.

            Leyendas en su idioma, fechas del óbito, adornos mortuorios en forma de guirnaldas, medallones, volutas, angelotes, calaveras y cálices. En este ambiente de grandes oropeles, sorprende la desnudez ornamental que distingue la tumba de Vermeer. Sólo su nombre y el año de su nacimiento y el de su muerte. Y todo ello en un espacio tan reducido que apenan caben estos dos datos escuetos.

            Nada más. Ni una cruz ni un adorno. Sólo la elocuencia del despojamiento. Sólo la nada que somos y la nada que seremos cuando hayamos traspasado los umbrales que se esconden más allá de la luz.

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