Eveline

De entre todas las historias de Joyce que componen Dublineses, probablemente destacaría la de Eveline.

El hilo argumental es sencillo:

Eveline había tenido una infancia feliz pero ahora las cosas habían cambiado. Ella y sus hermanos habían crecido, su madre había muerto y su padre había cambiado. Ahora ella también iba a abandonar el hogar.

Tenía 19 años. Se iba con su novio Frank a Buenos Aires. Eveline tenía muchos problemas con su padre, sobre todo con el tema del dinero. Ella había tenido una vida dura, mucho trabajo, y debía darle a su padre lo que ganaba. Cuando le pedía dinero, éste no se lo daba.

Frank era marinero. Cuando el padre se enteró tuvo un altercado con el chico y los amantes tuvieron que seguir su relación a escondidas.

Se le estaba haciendo tarde, pero Eveline continuó sentada en la ventana; recordaba la última noche de la enfermedad de su madre cuando le prometió que mantendría el hogar unido.

Al final marchó a la estación de North Wall con su novio Frank. De repente una náusea de angustia la invadió. Se quedó agarrada a una barandilla de hierro, sin querer embarcar mientras su novio le gritaba sin parar que fuera con él. Pero ella se quedó allí. «Sus ojos no tuvieron para él signo alguno de amor, o de adiós, o de reconocimiento».

Lo que más atrae es la ostensible diferencia que puede apreciarse entre la descripción superficial y llena de tópicos que Eveline hace de Frank y el verdadero, profundo y sincero afecto que siente por su hogar y su familia, incluso si ese hogar es una casa con cortinas sucias y la familia tiene un padre borracho y abusivo. Tal vez, la promesa que le hizo a su madre antes de fallecer pudo más que nada.

La realidad es que Eveline no pudo dejar Dublín. Y es que por alguna razón, salpimentada de morriña si se quiere, el arraigo suele permanecer más tiempo del que pensamos en el fondo de nuestros corazones.

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