Fuentidueña (Segovia)

Canecillo en la iglesia de San Miguel

La pareja lleva ocho siglos expuesta a la intemperie. Y aún así, sigue amándose con la misma fogosidad con la que fue sorprendida en la construcción románica del templo, con la misma intensidad copulativa de la primera vez, con la misma impudicia sostenida que le obliga a desvelar su intimidad a lo largo del tiempo.

Porque los amantes no se hallan en el espacio privado de una alcoba, lugar que por su propia naturaleza favorece la desnudez y la caricia. Se muestran en una vitrina arquitectónica, en una pared pública, en un palco de piedra. Y lo hacen exhibiendo las proezas de una virilidad que se mantiene incólume a pesar del frío y de la escarcha, que todos los días proclama el milagro de su vigor inalterable aunque lleve muchos años sufriendo el castigo de la lluvia y el azote del viento.

Ocho siglos copulando al aire libre. Sin que se apaguen los ardores y mengüen las fuerzas. Ajena la pareja a las asechanzas de la tecnología y las trampas de los ordenadores.

4 comentarios en “Fuentidueña (Segovia)”

  1. No podía loarse mejor al sabroso canecillo de Fuentidueña que con este texto del maestro Izquierdo; hasta cuando redacta humor le sale poesía.

    Otro sí merece la espléndida toma fotográfica, que pone al alcance público el disfrute de esta deshinibida pareja intemporal, que por la distancia del visitante, bien podría pasar desapercibida.

    Felicitaciones al polifacético artista.

  2. Era una cuestión didáctica más que sicalíptica, más instructiva que pecadora. Se trataba de estimular a la población para que aumentase. Castilla, entonces como ahora, estaba despoblada. Al aumentar la población aumentaba la riqueza, la economía, el producto interior bruto, basado en la lana y la escasa agricultura de subsistencia. También para la Iglesia era una necesidad tener fieles a los que cobrar los diezmos, que eran la base de su existencia y subsistencia. Ese parásito religioso santificado en los altares inasequible al desaliento. Y lo hacía de forma mucho más explícita que ahora lo hace nuestra Agencia Tributaria: amedrentando al feligrés con las llamas del infierno eterno si no cumplía la ley sagrada.

    Así que a todos los reinos, terreno y celestial, les convenía el aumento de la población. Había que incitar a la concupiscencia y al desenfreno

Deja un comentario