En la presentación de la «Biblioteca Ángel Velasco»

La presentación de Enhebrar la luz es un buen pretexto para enhebrar en él los otros cinco títulos que constituyen, por ahora, la «Biblioteca Ángel Velasco». Debo decir que él se resistió cuanto pudo a ponerle ese nombre, por parecerle demasiado pretencioso. Pero gracias al luminoso diseño de aderal y a las presiones de este editorzuelo, venció su natural pudor y acabó resignándose. Solo resignándose. Y aquí estamos.

Antonio Machado escribió un poema en alejandrinos titulado «Mis poetas», quizá para dejar testimonio de sus preferencias. La primera estrofa decía:

El primero es Gonzalo de Berceo llamado,
Gonzalo de Berceo, poeta y peregrino,
que yendo en romería acaeció en un prado,
y a quien los sabios pintan copiando un pergamino.

No tengo noticia de que Ángel Velasco haya escrito un poema titulado «Mis poetas». De haberlo hecho, seguramente podría haber empezado así:

El primero fue Blas, llamado Blas de Otero,
poeta que invocaba a la inmensa mayoría,
y en medio de una lengua y un trabajo extranjero,
se cruzó en mi camino sin ir de romería.

Cuando yo era adolescente, una de las preguntas que figuraba en la Preceptiva literaria que estudiábamos, se refería a la eterna cuestión de si «el poeta nace o se hace». Que yo sepa, no ha habido una respuesta concluyente. Sí sé que cuando don Quijote preguntó a la cabeza encantada si fue verdad o sueño lo que él vivió en la cueva de Montesinos, respondió la cabeza con notable mesura: «A lo de la cueva hay mucho que decir: de todo tiene». De todo tiene. Creo que a lo de si el poeta nace o se hace, habría que responder también: «De todo tiene». Ángel Velasco es un ejemplo paradigmático de ese «de todo tiene», que intentaré explicar un poco más.

En algunos de nuestros paseos matinales por la Dehesa, Ángel Velasco y yo podemos hablar de omni re scibili. Y puesto que he mencionado la pregunta literaria de mi adolescencia, hablando un día de la adolescencia en general y de la de Gustavo Velasco en particular —que, además de haber diseñado las cubiertas y marcapáginas de esta biblioteca, se halla aquí presente y no me dejará mentir—, parece que un día su padre le preguntó: «¿Y a ti que es lo que más te gusta?». Y Gustavo, inesperadamente, respondió: «Mirar».

La polisemia de mirar puede ser muy traidora, pero, en su significado más literal y más profundo, encierra el principio de la filosofía y de la poesía: mirar y su vecina ad-mirar, la mirada y la admiración. Tomás de Aquino escribió en la Suma Teológica que hay en el ser humano un deseo natural de conocer: de modo que «por la admiración de lo que veían, cuyas causas ignoraban, los hombres empezaron a filosofar». (Es una estupenda frase latina, pero eludiré la tentación de repetirla)[1]. La mejor traducción y glosa que conozco de estas palabras de Tomás de Aquino es, como casi siempre, de Borges, que dice en el prólogo a La inteligencia de las flores de Maeterlinck: «Aristóteles escribe que la filosofía nace del asombro. Del asombro de ser, del asombro de ser en el tiempo, del asombro de ser en este mundo, en el que hay otros hombres y animales y estrellas. Del asombro nace también la poesía».

Por esas casualidades del destino, hace cinco días tuvimos la oportunidad de asistir juntos al homenaje que hicieron a José Luis Gómez en la Abadía. Uno de los intervinientes, siquiera virtual, fue Emilio Lledó, quien explicó que ‘teatro’, del gr. θέατρον, era en su origen un lugar elevado, donde la gente se reunía para hablar o conversar: en definitiva, un escenario. Lo que no dijo es que θέατρον, viene a su vez del verbo griego θεᾶσθαι, que significa ‘mirar’. Esa mirada, en este caso desde dentro de otra pantalla, pasaría a formar parte de una geometría. En 1941 se estrenó la película de Preston Sturges, Los viajes de Sullivan, que Ángel Velasco, evidentemente, no pudo ver por los rigores de la cronología; al año siguiente se estrenaron La llave de cristal, de Stuart Heisler, y Me casé con una bruja, de René Clair, que por la misma razón que la primera tampoco pudo verlas en su estreno, aunque sí después. (No deja de ser una señal que esta última la hayan puesto en televisión hace quince días). Si traigo a colación estas películas es porque las tres tenían algo en común: «la envolvente mirada / de Verónica Lake», que, andando el tiempo, armaría verso y medio de la segunda geometría de la no-memoria, el tercer título de la biblioteca.

Ángel Velasco, que de adolescente fue cerrajero y vio cómo en invierno las manos se le quedaban pegadas al hierro helado, es seguro que muy pronto aprendió a mirar, admirar y asombrarse. Muy joven fue a trabajar a Múnich. Otra de sus miradas anhelantes dio con un volumen de Blas de Otero y desencadenó su primer libro, es decir, la superposición de la acción al nacimiento. Aquel primer libro, Escrito en la inmigración, es un ejemplo característico de esa respuesta polivalente a la pregunta de si el poeta nace o se hace. El libro es una muestra elocuente de que la respuesta «de todo tiene» es más que una frase ingeniosa salida de la cabeza adivina que respondió a don Quijote en Barcelona. Es un libro de técnica primeriza (porque la técnica sí se hace), pero de mucha mirada. Y ese afán por mirar hacia atrás, hacia adelante, al exterior y al interior, es probablemente algo natural, algo con lo que se nace. Cervantes lo llamaba «natural inclinación».

Con la que se nace, o se hereda de algún extraño modo. Augusto Ferrán fue un poeta menor de la segunda mitad del siglo XIX, amigo de Bécquer y preparador de la edición póstuma de sus obras. Viajó a Alemania —y, mira por dónde, a Múnich—, de donde se trajo a Heine, a quien leyó, tradujo e imitó, y compuso una buena colección de Cantares del pueblo, de métrica y asuntos populares. Es evidente que Sixto Velasco, ni por entonces su hijo Ángel, pudieron conocer ni leer a Ferrán. Pero su padre un día le escribió en una carta esta maravillosa copla que podría haber figurado sin rubor entre los Cantares de Ferrán:

Adiós, carta con fortuna,
con más fortuna que yo,
que vas a ver a mi hijo,
lo que no puedo hacer yo.

Esta copla heredada nunca desapareció de su memoria: es la parte del poeta, la de la mirada y la admiración, que seguramente nace con él. La otra se hace. Ángel Velasco no pudo pasar por aquella Preceptiva literaria que nos preguntaba si el poeta nace o se hace. Y por eso es doblemente interesante esta biblioteca: porque se ve la evolución de quien, partiendo casi de cero, leyó y asimiló mucho. Y fue así como, de escribir en la emigración («escrito con el corazón y con las tripas»), pasó a cribar las palabras en el harnero del tiempo (de donde proceden estos versos del poema titulado «Defectos»: «El defecto de Machado fue ser bueno […], el de Blas de Otero, estos versos: “Da miedo pensarlo, pero apenas me leen / los analfabetos, ni los obreros, ni los niños”»); prosiguió dibujando geometrías y la mirada envolvente de Verónica Lake; descubrió un entretanto reflejado en dos espejos (donde «entenderse con las paradojas / por más que el desacuerdo nos confunda»); dio al lector la posibilidad de completar cuadernos («sobre la nevada estepa del folio / blanco paño de lágrimas»), para concluir enhebrando la aguja con la luz del corazón. Precisamente Machado acababa así sus alejandrinos sobre Gonzalo de Berceo:

Su verso es dulce y grave: monótonas hileras
de chopos invernales en donde nada brilla;
renglones como surcos en pardas sementeras,
y lejos, las montañas azules de Castilla.

Él nos cuenta el repaire del romero cansado;
leyendo en santorales y libros de oración,
copiando historias viejas, nos dice su dictado,
mientras le sale afuera la luz del corazón.

En Ángel Velasco también hay sencillez de chopos, surcos y montañas. Y desde luego, la luz del corazón. En el colofón a su primer libro dejé escrito: «Este libro acabó de imprimirse el 22 de noviembre de 2015, festividad de santa Cecilia, patrona de la música, los poetas y los ciegos. A tientas como ciego, “sin otra luz ni guía / sino la que en el corazón ardía”, este escrito halló su propia música en la tierra acogedora de Alemania». Esa luz y guía era de Juan de la Cruz, que pudo haber sido pariente de Berceo.

La «Biblioteca Ángel Velasco» es un testimonio vivo de que el poeta nace y se hace. Sabemos que por el ojo de una aguja no puede pasar un camello. Pero sí la luz. De su último libro por ahora, de Enhebrar la luz, ya nos ha hablado otro poeta, que ha sabido, con sagacidad y finura, enhebrar en él los otros: Manuel López Azorín.

Emilio Pascual


[1] «Naturaliter inest omnibus hominibus desiderium cognoscendi causas eorum quae videntur: unde propter admirationem eorum quae videbantur, quorum causae latebant, homines primo philosophari coeperunt»(S. Th. Summa contra gentiles, III, 25).

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