El tesoro olvidado

Oportet Editores acaba de publicar este tesoro olvidado que será un Tesoro recordado durante mucho tiempo, por su humanidad, sabiduría, humor y amor por nuestra lengua.

No es frecuente que «aparezcan» diccionarios en los estantes de novedades de las librerías, y menos aún un diccionario-osario, de «óseo» y de «osado», donde yacen, tumbadas, un *quincentón largo de palabras que prácticamente han desaparecido del comercio lingüístico, en el que tan durísima competencia hay y en el que el viejo dictum darwinista de la lucha por la vida suele manifestarse, paradójicamente, a través del silencio, el retiro y el olvido, en vez de a través de la confrontación agresiva.

Así pues, estamos en presencia de una osadía de tomo y lomo, pero formulada con un sentido del humor y del amor a nuestro viejo castellano mágico y mirífico que apela directamente a la bonhomía (*bonfemía sería la equivalencia a que obligaría la corrección política, ¡esa gran enemiga de la lengua viva!) de los lectores, a quienes se adjudica una responsabilidad última insoslayable e inamisible: ellos serán los encargados de tratar de reanimar esas voces yacentes, inauditas, y aun *telarañadas, de darles una nueva vida sonora que les devuelva el viejo esplendor perdido, aquella gracia, aquella presteza, aquella elegancia… rescatadas del ubi sunt? que este diccionario entona sin la melancolía de las coplas del escultor del tiempo que fue Manrique, porque el autor está convencido de que está en nuestras bocas asistir al prodigio maravilloso de la resurrección de estos vocablos asfixiados…

Quizás lo propio sea que la voz del autor, desde el *exergo, acabe de definir cuál sea la singularidad de este diccionario inusual, intrépido y enamorado, porque este paseo por la necrópolis de nuestro venerable idioma, tiene un sí sabe él qué de aventura romántica en la que, en vez del Comendador, son estas muertas vivientes quienes comparecen para invitar, al autor y a todos los lectores, al festín del buen decir con las mejores joyas de nuestro léxico prodigioso:

Este que ahora os presento, sin embargo, lejos de estar concebido desde el plano literario, pero sin renunciar a modestas incursiones en él, aspira al humilde objetivo de facilitaros el conocimiento de 500 (y más) palabras —la mayoría de las cuales probablemente serán desconocidas para un buen número de lectores— cuyo uso adecuado os permitirá quedar bien en cualquier conversación, siempre y cuando tengáis la oportunidad de poder usarlas con la propiedad requerida por el contexto. Para ello, obviamente, no se necesitan experiencias dialéctica ni vitalmente extraordinarias, sino, eso sí, un fino oído y una mediana capacidad de asociación, amén de cierta memoria y facilidad de dicción que doy plenamente por supuestas.

El presente no es, tampoco, un manual de retórica, ni de prosodemática, pero no renuncia a hacer incursiones en ambas disciplinas con el fin de acercaros a los fundamentos de la elocuencia y, sobre todo, a su práctica. El arte de la oratoria corre serio peligro de desaparecer, pero, como nos lo recordó la elección del cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América (y casi nos lo ha hecho olvidar el siguiente), su poder no tiene límites. La persona bien hablada es un regalo de incalculable valor para sus semejantes.

No se trata de haceros pasar por lexicógrafos, etimologistas o catedráticos de universidad —aunque para esto último, en determinadas disciplinas, muchos andaríais sobrados…—, sino de acreditar ante vuestros interlocutores un dominio del vocabulario que pueda hacerles cambiar de opinión sobre vosotros y descubrirles una faceta de vuestra personalidad que los sorprenda gratamente. Tampoco es mi objetivo que aparezcáis ante los demás como coleccionistas de antigüedades, de rarezas lingüísticas conservadas en formol, aunque muchas de estas quinientas palabras puedan, en realidad, ser consideradas así. De lo que se trata es, en todo caso, de devolver a la circulación comunicativa voces expresivas y hermosas que habían sido arrumbadas por la ignorancia, el desdén y la erosión trivializadora de las conversaciones humanas. ¿Cómo podríamos llamar a las innovaciones léxicas, un punto visionarias, que se oponen a los usos habituales, arraigados, de los hablantes? Neologismos no lo son, porque son voces que existen. He aquí, en consecuencia, un hermoso tema de meditación individual y colectiva… ¿*Lazarismos?, ¿*fenixismos? Casi podría hablarse en el presente caso, si se aceptara tan bárbaro neologismo, de un diccionario *lazárico, aquel en el que se le dice a cada una de las palabras tan largo tiempo postradas: «Levántate y anda».

Pretendo, finalmente, iniciaros en el distraído arte de la elocuencia mediante la degustación de estas palabras aisladas que, sin embargo, os forzarán, ya lo comprobaréis, a considerarlas como preciosas gemas para las que necesitaréis un hermoso collar donde engarzarlas. La elocuencia no es solo cuestión de palabras aisladas, obviamente, sino una embriagadora propiedad del discurso. No es menos cierto, con todo, que hemos de ser capaces de descubrir los tesoros de sonoridad y belleza que se albergan en el fondo y la forma de determinadas voces, para ser capaces de elevarnos después a los de la cadena discursiva.

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