El Diablo de la Guarda en Gijón

El pasado lunes 15 de octubre se presentó El Diablo de la Guarda, de Alfredo F. Alameda, en el club La Nueva España de Gijón. El quijotesco Paco Abril, que lleva décadas «diciendo y haciendo» como don Quijote, es decir, escribiendo, contando y propagando literatura, empezó acusando al autor de haber perpetrado un libro «que lleva el contradictorio título de El Diablo de la Guarda, y lo que es peor, que se lee sin respirar, y eso, señor mío, eso sí que es un atentado; un atentado muy serio contra la salud, porque ¿sabe cuánto tiempo podemos los humanos resistir sin respirar? Los que practican eso que se llama buceo libre aseguran poder llegar a estar más de tres minutos debajo del agua».

            Cuenta el quijotesco Paco Abril que, «enfurecido por la lectura de su libro», iba dando detalles de lo que descubría cada día a amigos, familiares y convecinos, lo que hizo que se encendiera, todavía más, su curiosidad. «¡Y ni se imaginan el debate que llegamos a tener sobre si el protagonista es en realidad un Diablo o un Ángel de la Guarda! Fue una discusión apasionante y apasionada, no exenta de argumentos razonados y bien sazonados que ya quisiéramos ver aplicados en tantas y tantas vociferantes tertulias de televisión».

«Lo peor de todo este asunto —añadió encarándose con el autor— es que usted tiene cómplices. Solo citaré a dos. Uno es la editorial que se llama Oportet que le ha publicado su libro. Oportet, memoricen su nombre. Es un vocablo latino que significa es necesario, conviene. Esta editorial ha considerado necesario y conveniente, por ejemplo, publicar inéditos del gran Miguel de Unamuno, aquel escritor que dicen le espetó a un militar franquista: “Venceréis, pero no convenceréis”. Contando ese hecho, Oportet ha editado un libro titulado con esa frase. También tienen otra joya dedicada al director de cine Luis Buñuel y… bueno, no sigo, que parece que les estoy haciendo propaganda».

 

Al llegar aquí hubo un cambio de tercio. Y es que Paco Abril aludió a otra complicidad, hasta ese momento no justificada, que era «nada más y nada menos que la osadía de haber convocado al mismísimo Miguel de Cervantes Saavedra (aunque hasta el momento no ha aparecido). Y mire por dónde, yo, que soy un incrédulo, pero a la vez muy ingenuo, considero que es capaz de haberlo conseguido, creo que ha sido capaz de hacerlo venir a nuestra época. Y no me extraña, porque me parece que usted es de los que piensan que los escritores son creadores de imposibles».

Y ocurrió algo mágico. Desde un lugar oculto empezaron a sonar las notas de la II Variación de la Sonata 377/374e de Mozart. Solo Salieri habría sabido entender la caricia de esos tresillos en Re menor. Y de pronto apareció don Miguel de Cervantes, un tanto viejo y refunfuñón, quejándose de su mula, «algo que pasicorta», que le había impedido llegar a tiempo a la cita. Pero resulta que Paco Abril era un antiguo conocido suyo, que ya en otra ocasión («cuando Dios quería») lo había abstraído desde el Parnaso para ser entrevistado por más de 500 guajes en el teatro Jovellanos de Gijón. (Estuvo a punto de decir, como Sancho Panza, «el sonsacado y el destraído soy yo»). En fin, Cervantes charló con el autor a propósito de las confluencias quijotescas de la historia e incluso quiso leer un texto en que se hace alusión a uno de los personajes del Quijote. Pero, lamentándose de que se había dejado los lentes en el Parnaso y no quería que otro Lope de Vega le dijera que los anteojos de Cervantes «parecían huevos estrellados mal hechos», solicitó «al señor de Abril» que leyera el texto, el cual lo hizo con mucho donaire y desenvoltura:

«Josefa empezó contando la historia de un hombre de la Mancha que se volvió loco leyendo libros extraños y quiso dedicarse a amparar a los huérfanos y socorrer a los menesterosos. Leía despacio, con pronunciación precisa y sugerente entonación, diferenciando la narración de los diálogos e interpretándolos según el personaje.

Al llegar a ese momento en que un muchacho de quince años, desnudo de medio cuerpo arriba, gritaba porque un labrador de buen talle le estaba dando con un cinturón muchos azotes, los penetrantes ojos metálicos de Lorenzo se encendieron. Cuando el caballero trató al labrador de “ruin villano” y le dijo: “¡Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza!”, Lorenzo pensó: “A veces es tan bueno un cuchillo como una lanza”.

Pronto los hermanos quedaron seducidos por la peripecia del libro. Si aparecía un término o expresión que la lectora suponía desconocido para su auditorio, Josefa lo explicaba. Lorenzo miró a Hugo en silencio y decidió que él sería siempre el guardián de su hermano, ya fuera ángel, diablo o simplemente donquijote».

Cervantes se despidió, volvieron a sonar las notas de Mozart, y mientras «el manco sano, el regocijo de las musas» desaparecía camino del Parnaso, se movió el panel del fondo y vimos que el milagro de Mozart había vuelto a la tierra enredado en los ágiles dedos de la pianista Nausica P. Eyheramonno.

2 comentarios en “El Diablo de la Guarda en Gijón

  1. Yo estuve allí y doy fe de que fue así: GENIAL, EXTRAORDINARIO, ÚNICO…
    También puedo afirmar que no lo olvidaré jamás…, y me atrevo a recomendar que si alguien ocasión tuviere, no la dejara pasar…, y que acuda a este espectáculo, que seguro va a disfrutar.
    Simón Pérez

  2. ¡Y cómo! ¿No hay grabación fidedigna de tan magno suceso! Voto a tal que es imperdonable olvido y afrenta ignominiosa no haber recogido para la posteridad -post fugitivo de la imposible permanencia- las donosas sentencias que de tan asendereada experiencia por fuerza debieron alegrar a la concurrencia… ¡Bendita hora, inmortal suceso nunca antes por los siglos contemplado, volver a la vida don Miguel embutido en la retórica divina de su caritativa ironía! Privilegio fue de los presentes que lloramos desconsolados los ausentes…

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