Cónyuge

No siempre, en efecto, es el habla popular la equivocada. Un ejemplo más lo tenemos en cónyuge.

«Cónyuge» viene directamente del latín coniugem, acusativo de coniux. Y significaba exactamente eso: «cónyuge». Pero su etimología remite a iugum, el yugo a que se uncían los bueyes, el yugo bajo el que se hacía pasar a los vencidos según recordaba Cicerón, el yugo que padecían los esclavos: el yugo. «Carne de yugo», otro verso de Miguel Hernández también llevado a la música. De forma que ser cónyuges significaba estar uncidos al mismo yugo, al mismo carro y al mismo remo. A la misma vida.

Pero de nuevo topamos con la fonética. La g latina no tenía ante ninguna vocal el sonido fricativo, velar y sordo de nuestra j, de forma que coniugem se pronunciaba siempre coniuguem. Hasta hace no mucho el pueblo, por instinto o por alguna rara memoria ancestral, siguió diciendo cónyugue, ignorando o resistiéndose a la pronunciación establecida procedente de la presión de la palabra escrita, de aquella g que no llevaba u detrás. O acaso, también de modo instintivo, solo pretendía sacudirse el yugo impuesto por la académica cama de Procrustes o por tanto corrector ultra.

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2 comentarios en “Cónyuge”

  1. Interesante imagen del lecho de procrustes, que suscita todo tipo de fantasías sexuales…
    Siento disentir -hápax legómenon- con su visión de la pronunciación errónea de cónyuge por una extraña evocación ancestral; si así fuera, evocaríamos continuamente a nuestros lares y penates y hablaríamos latín y no castellano. Lo cierto es que hoy, y «curiosamente» en los tramos de formación más deficiente de la población, se dice cónyugue por cónyuge, pero no por otra cosa que por solecismo, por defectuosa lectura de la g; esas mismas personas tienen problemas en el uso de la diéresis tras g, y es frecuente ver formas como exigüo y verguenza. Por lo demás, la g y la j siempre han sido muy confusas para los castellanohablantes: piense en la incorrección habitual en la escritura de formas verbales como dije/dige, dijiste/digiste…
    Guárdese, estimado, que creo que se le avecinan importantes desafíos al norte de la rosa de los vientos.

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    • Pido disculpas a la noble Aspasiana por este retraso en dar respuesta a las fantasías que suscitó la imagen. Un destierro por lueñes tierras me tuvo alejado de estos lares, y estoy por decir con Sancho Panza que «es vuestra merced el mesmo diablo», o diabla, pues no sé a qué viene recordar desafíos «al norte de la rosa de los vientos», más apta para endecasílabos que para fustigar a los desafiados «en ambas sus valientes posaderas», por seguir con otro endecasílabo de Merlín. Y respecto a su disentimiento, vuestra merced está en su derecho, que esto de la lengua da para muchos jeribeques, y no es cosa de meterse ahora en dimes y diretes sobre si «el mármol de esta lengua / que manejamos hoy despedazada» (como diría el precavido ciego) es producto de evocaciones ancestrales o de apaños bien o malintencionados de copistas y calígrafos. «Las once dan, yo me duermo… / quédese para mañana».

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