Carta III al Capitán Crespo: donde las palabras y las estrellas nos guían de isla en isla

Estimado capitán Crespo:

En mi anterior carta hablaba yo de navegar por los mares de la memoria, algo que exige, entre otras cosas, hallar las palabras precisas para convocar el recuerdo y hacer que cobre forma. El cantero o el escultor toman un bloque de mineral y lo van labrando hasta lograr el volumen y el aspecto deseados. La pericia de sus manos consigue que la piedra acabe convirtiéndose en un humilde adoquín, en el sillar de un templo o en el rostro intercambiable de un emperador romano.

El cantero y el escultor saben apreciar la calidad y la dureza de cada roca tan bien como conocen las herramientas que deben utilizar en cada momento. Sin embargo, las palabras suelen tendernos emboscadas a quienes trabajamos con ellas; a menudo nos enredan y nos llevan por senderos en los que no es difícil extraviarse.

Un ejemplo es la palabra «isla», cuya etimología aún debaten los sabios y estudiosos que se ocupan de esas cosas y no se ponen de acuerdo en si la insula del latín le debe más a la sal y al mar que a la tierra o bien si es todo lo contrario. Curiosa paradoja la de esta voz, ya que toda isla es una porción de tierra que solo se puede entender como tal gracias al agua que la circunda.

Jules Verne, el escritor al que ya he mencionado en nuestra correspondencia, fue un maestro en la creación y la recreación de islas en sus novelas; tal vez porque él mismo había nacido en una, aunque fuese fluvial. A menudo, las que describía Verne eran volcánicas. Islas solitarias, deshabitadas, robinsonianas, que emergían en medio del océano como una lanza clavada con su punta mirando al firmamento, separadas de cualquier otra tierra por un espacio infinito dominado por las olas. Islas a punto de estallar.

Aquella isla Rica de Plata, también llamada isla de Crespo a partir de 1801, pasó a figurar en más de una relación como Roca de Plata por esas trampas que tienden las palabras. Posteriormente Verne la transformó en Veinte mil leguas de viaje submarino en una «Rocca de la Plata» de la que solo llegaremos a conocer sus cantiles sumergidos: sus maravillosos «bosques submarinos», dominios del capitán Nemo, quien los recorre sin vacilar.

Guiado por la intuición y la voluntad del escribano inexperto, salí yo también en pos de su isla, capitán, a través de papeles, mapas y archivos, como el náufrago que ansía alcanzar su salvación en una playa. Era posible que nunca hubiese existido una isla con esos nombres, pero por fuerza había existido un marino con su apellido.

Así es como comprendí que trazar el contorno de una costa y describir sus cabos, promontorios y ensenadas, o bien los escollos y bajíos que la rodean, no era tarea fácil, como tampoco lo era situar la posición exacta de un punto en el globo en épocas en que los instrumentos y los métodos disponibles no estaban tan adelantados.

Durante siglos, los marinos que surcaron el Pacífico buscaron islas que supuestamente habían avistado y bautizado sus predecesores en sus travesías. Para adornar el relato, azuzar la codicia y alentar al viaje, se pregonaba la especie de que aquellas tierras estaban cargadas de riquezas, lo que explica que algunas de las más buscadas recibieran los nombres de Rica de Oro y Rica de Plata, que aparecían y desaparecían del mar como espectros, al albur de la meteorología y de las variaciones de los derroteros, aunque siguieran figurando en cartas náuticas, mapas y enciclopedias, incluso hasta bien entrado el siglo XX.

Se pregunta el escritor J. M. G. Le Clézio en su hermoso librito Raga, dedicado precisamente a algunas islas de Oceanía, si los primeros navegantes polinesios y melanesios que poblaron hace siglos los archipiélagos diseminados por el Pacífico se desplazarían a bordo de sus piraguas porque iban en busca de la tierra de sus ancestros, «allí donde viven los muertos». Quién sabe… Los mitos son multiformes y no siempre fáciles de descifrar.

Muchos años después, me he puesto a conversar con usted como si yo mismo me hubiese dejado guiar por aquellas estrellas gracias a las que se orientaron Tabitán y los remeros que lo acompañaban mientras trasladaban a la isla de Raga a su mujer Matantaré y a su bebé Matankabís; estrellas que llamaban en su lengua Ana-Tanua-Vahine, Manu, Atutahi o Ta’urua. Palabras hermosas, de aristas ya cinceladas, con una belleza sonora que nos cautiva mientras intentamos que broten de los labios en una letanía incomprensible, mientras soñamos con una isla remota. Una isla en la que poder narrar en paz un relato que transmitirían tantas generaciones hasta hoy; una isla como una exclamación de alegría, el símbolo de un comienzo, de una promesa.

A veces me pregunto, capitán, si llegó a saber usted alguna vez que la isla Rica de Plata había pasado a llamarse isla de Crespo, como me pregunto si en su infancia andaluza, tierra adentro y tan lejos del mar, soñaría usted con poner proa hacia una isla lejana.

Reciba un cordial saludo.

Miguel Á. Navarrete

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