CJC

En Gavilla de fábulas sin amor, un libro de 1962, reeditado en 1979 «con 32 dibujos de Picasso», aparece un personaje de nombre C. J. C. En seguida sabemos que se trata de Catulino Jabalón Cenizo, «de oficio vagabundo», que, del mismo modo que llevaba «ya muchos años traduciendo los sabios versos de los poetas latinos», podía acaecer en un monte, «el confuso reino del jaral y el conejo», o convertirse en escarabajo de oro y esconderse debajo de las piedras, quizá por recordar al Goethe que decía «que la esperanza es la segunda alma del desdichado».

Hoy hace diez años que murió CJC, Camilo José Cela, autor de la Gavilla. Su biografía es extensa y su bibliografía también. Extensa, variopinta, no siempre luminosa y a las veces ensombrecida de oscuros chafarrinones. A los 26 años ya había escrito La familia de Pascual Duarte, traducida a más de 20 lenguas; a los 35, La colmena, tras las huellas de Manhattan Transfer de Dos Passos. Consiguió el Premio Nobel y un marquesado, no de la estirpe de los Montenegro [1].

No es este el lugar de revisar su biobibliografía. Tampoco de vaticinar qué perdurará de todo su edificio de palabras. (De Oficio de tinieblas 5 yo solo recuerdo el pórtico, «Naturalmente, esto no es una novela sino la purga de mi corazón» —que quedó tácitamente citado en El purgatorio de Don Oficinio—, y el latiguillo «tu padre, no me lo nombres»: no pienso volver a comprobar si hay más cosas). Pero sí quiero recordar sus aspectos de filólogo y lexicógrafo, ocultos bajo la túnica de la desvergüenza, quizá pretendida, que exhibían los conceptos cojón, picha y coño (este último nunca publicado).

El Diccionario secreto (1968 y 1971) se ocupó de dos series: el primer tomo, de la serie coleo, -onis (del griego koléos, ‘vaina’, ‘estuche’, ‘funda’, y en latín vulgar ‘cojón’), y el segundo (más tarde publicado en dos volúmenes), de la serie pis («onomatopeya del ruido de la micción, que… evoluciona normalmente en la velar sorda j, v. picha, pija»).

Precedía al Diccionario un «Preámbulo para excitar (moderadamente) la atención y preparar (con respetuosa cautela) el ánimo de quien leyere». En él se remontaba al Cratilo de Platón para ocuparse del «problema de la lengua», pasaba por Horacio, Max Scheler y Saussure, hasta aterrizar en el puritanismo de los diccionarios académicos, que ocultaban cuidadosamente ciertas palabras bajo «remilgos de pudibundez», como ya había escrito Dámaso Alonso. El anecdotario no dejaba de ser divertido. «Rodríguez Marín, en su libro 12.600 refranes más, registra uno tan gracioso como aleccionador: “Domine meo es término muy feo; decid domine orino, que es término más fino”, y atribuye el dicho a una abadesa que quería desterrar del rezo lo que no sonaba bien». A juzgar por la imposible concordancia, es evidente que la abadesa tenía más sentido del pudor que del latín, o hubiera recordado que el primer versículo del salmo 109 decía: «Dixit Dominus Domino meo…». En todo caso, abadesas y académicos desterraron de breviarios y diccionarios «lo que no sonaba bien».

El Diccionario secreto intentó deshacer ese tuerto. No resultó solo un registro de todas las voces que caían bajo el concepto de las dos series dichas, con su etimología y evolución, sino también una especie de Diccionario de Autoridades secreto, y, teniendo en cuenta las fechas, no es aventurado suponer que muchos supimos por primera vez de la existencia de textos ocultos de autores insospechados. No sorprendía Quevedo, pues su legendaria biografía lo hacía frecuente protagonista de chistes escatológicos, y no ignorábamos versos como «Puto es el hombre que de putas fía», o «La voz del ojo, que llamamos pedo, / (ruiseñor de los putos)…»; tampoco los «cojones del alma» de Miguel Hernández; pero ahí aparecieron textos entonces menos conocidos, como la Carajicomedia, el Álbum de Príapo, el Cancionero de amor y de risa o el Arte de las putas, de Moratín padre, y las Fábulas futrosóficas, de Moratín hijo; las poesías eróticas de Fray Damián Cornejo; nombres desconocidos como el del recurrente Jacinto Alonso Maluenda, valenciano del siglo XVII; refraneros y antiguos cancioneros (por ejemplo, Álvarez de Villasandino, en el Cancionero de Baena); lingüistas y lexicógrafos, como Nebrija o Covarrubias; líricos como Gonzalo de Berceo —que mencionaba el «miembro del fornicio»—, Hurtado de Mendoza, Villamediana o Espronceda; moralistas como Iriarte o Samaniego; epigramáticos cuyos nombres habíamos conocido tal vez en la Antología de humoristas españoles, de García Mercadal, pero no sus epigramas sepultados; el decimonónico Ventura de la Vega, autor de la pieza teatral Don Quijote en Sierra Morena y de poemas a la reina, condes, duques y marqueses, pero también de atrevidas eróticas non sanctas; Iglesias de la Casa, autor de letrillas satíricas que, pese a ser clérigo, nos legó esta octava:

Salen a la luz pública por fin
las crecidas insignias del varón
con un botón más rojo que el carmín
sobre un miembro más blanco que algodón;
de su vasta extensión en el confín
negros rizos asoman al calzón,
y ocultos dos acólitos se ven…
que no dejó el faldón descubrir bien.

En esta ocasión el etcétera sería muy largo. Unos años antes CJC había publicado el librito Izas, rabizas y colipoterras, que fue reeditado en 1971. El título partía de un soneto anónimo del Cancionero de Amberes (1557), cuyo primer cuarteto decía:

De cuantas coimas tuve toledanas,
de Valencia, Sevilla y otras tierras,
izas, rabizas y colipoterras,
hurgamanderas y putarazanas…

En unos «lavajes preventivos» hablan, entre otros, el gramático y el filólogo. Este último asegura que «Mil ciento once son los sinónimos (teoría superada) y los parientes de las voces puta y ramera (sin discriminación, pour le moment)». Y a continuación reseña una docena, dice, aunque son trece. Las trece voces vienen autorizadas por autores canónicos, de Gonzalo de Berceo a Tirso, pasando por Cervantes, Mateo Alemán y Quevedo. La moraleja del primer tranco concluía: «Para Carlyle, el sarcasmo es el lenguaje del diablo. —¡Joder, qué señor más culto!».

Hemos dicho que la serie cunnus nunca fue publicada. Nos resignaremos con unas palabras del preámbulo general del Diccionario secreto: «El diccionario [de la Academia] ignora, por ejemplo, la voz coño y no registra ningún cultismo que designe el concepto a que se refiere la palabra proscrita, con lo que se da el despropósito de que el aparato reproductor externo de la mujer no tiene nombre oficial en castellano (la vulva del diccionario no es el coño del pueblo, sino tan solo una parte de él), como tampoco tiene estado la muletilla más frecuente en nuestra conversación popular». Y por supuesto, una referencia a las preciosas ridículas francesas, de ascendencia casi ciceroniana: «Cicerón decía que cum nobis se prestaba a una enojosa asociación en el oído con cunnus; durante el preciosismo francés, en el siglo XVII, las preciosas se abstenían de pronunciar concilier, ‘poner de acuerdo’, porque la mala intención quería entender ‘pestañeo del coño’ o ‘coño pestañoso’ (con, ‘coño’ en argot; ciller, ‘pestañear’; cillé, ‘pestañoso’, ‘con pestañas’), como evitaban decir ridicule porque les asustaba el sufijo».

No sé vaticinar qué perdurará de todo su edificio de palabras. Muchas cosas perecerán en la sombra del olvido —la sola que temía un Argensola—, y hoy traemos aquí estos léxicos secretos como un acto de memoria. Porque, como escribía Juan Álvarez Gato, y solía citar C. J. C. (el otro), «a las vezes ell olvido / es un concierto d’amor».

[1] Y bien pudiera haberlo sido, pues él mismo recuerda en sus primeras memorias a su tío Don Claudio Montenegro, «un gran caballero medieval», el cual «tiene dieciocho hijos legítimos y treinta o cuarenta naturales, y vive con todos en su casa de las montañas de Piñor «cazando y alabando a Dios» que, según él, son las dos únicas cosas que a un hombre deben preocupar… Mi tío Claudio asegura que es pariente de la Virgen María».

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6 comentarios en “CJC”

  1. Excelente aporte. Me encantó leer tan bien hilado sobre esas páginas realmente brillantes de CJC. Y también sobre coños y carajos, claro, que eso siempre es bienvenido. Gracias por rescatar tales líneas del olvido. Se nota que el autor -el de este texto- además de dar buen pasto a su memoria, disfruta con las bardas y barrancas del espinoso terreno.
    A ver si se anima y nos habla también, en otro orden de cosas, de Pastrana, que del viajecillo célebre se han cumplido poco ha 65 años. Buena edad, por cierto.
    Salve.

    • Adorable Aspasia, quienquiera que seas: Suelo ser poltrón y cachazudo —yo, no OPORTET, que es diligente en sus trabajos y minuciosa en sus efectos—, pero oír cosas sobre cómo se ha movido el huso, invita a manejar de nuevo la lanzadera. Prometo, en honor de tan sugerente lectora, enristrar otra vez la pluma —espero que no tordesillesca— para homenajear el Viaje a la Alcarria, y de paso la muy noble villa de Pastrana.
      Vale.

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