Puestas de sol en Huelva

Bien desde lo alto del Conquero o las arenas doradas de Isla Canela, bien desde las terrazas de Moguer o el castillo de Niebla, bien desde la peña de Arias Montano o las dunas del Asperillo, se puede asistir en muchos lugares de Huelva al sutil espectáculo de la agonía de la luz.

En todos los posibles escenarios —barrio pesquero de Isla Cristina, parador de Ayamonte, muelle de Riotinto— siempre es parecido el ritmo cromático de las representaciones, el despliegue pictórico de incendios y cristales. Así lo señala en su Platero y yo el poeta Juan Ramón Jiménez, maestro en la captación de esa luz última que se posa en las fachadas: «Ahí está el ocaso, todo empurpurado, herido por sus propios cristales, que le hacen sangre por doquiera».

Lo que sucede es que el sol, redondo e incendiado, prendido como una hoguera circular, va cayendo poco a poco en la profundidad del mar. Y en esa lenta declinación, en ese ocaso rojizo y milimétrico, en esa apoteosis de sangre y resplandor, se esconde un mensaje de altas calidades.

Porque la agonía de la luz crepuscular ilumina con su pincelada las maderas de las barcas que esperan en la playa su próxima resurrección, las aguas temblorosas, los hierros de los muelles, el blancor de las terrazas y hasta la arena que guarda en su memoria el recuerdo de las bocas risueñas y los cuerpos tendidos.

Atardecer en Isla Cristina (Huelva).

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