Propina

La primera vez que uno visita otras lenguas en busca de propina suele llevarse una sorpresa al traspasar los umbrales de los diccionarios franceses o alemanes. En francés, pourboire (lit., ‘para beber’), en alemán Trinkgeld (lit., ‘dinero para beber’), ambas encierran el verbo ‘beber’ en los desvanes de su etimología. ¿Y nosotros? ¿Acaso nuestra propina no es potable?

Pues también, pero está más oculta o menos visible. Isidoro de Sevilla, con su habitual imaginación etimológica, supone que «Propina (taberna) es una palabra griega que, entre nosotros, de forma corrompida, se dice popina. Es un local próximo a los baños públicos en el que, después del baño, se reponen los bañistas de su hambre y de su sed. De aquí los vocablos propina (taberna) y propinare (beber); pues peína, en griego, significa “hambre”, y en aquel lugar se quita el hambre» (Etim., XV, 42).

Isidoro se equivoca en el nombre, pero no en el verbo. Podríamos decir que aquí, como en el evangelio de Juan, «en el principio fue el verbo»: en este caso el verbo propinar (cuya existencia atestigua Corominas hacia 1423 en un texto de Villena), en el sentido de ‘dar, proporcionar’.

En efecto, el verbo latino propino, -as, -are es muy clásico y significa ‘beber a la salud de otro’, como propinare salutem es, en Plauto, ‘brindar, beber a la salud de alguien’. Ahí —concluye Corominas— está el origen de «propinar, tomado del lat. propinare y este del griego προπίνειν ‘beber antes que alguien’, ‘beber a su salud y luego darle el resto de la copa’, ‘dar de beber’, ‘dar, regalar’ (derivado de πίνειν ‘beber’, voz afín al latín bibere)». De propinare salió en el bajo latín propina, con el significado de ‘dádiva’ o ‘convite’.

Como todos los caminos llevan a Roma, quizá Isidoro no andaba tan lejos de la verdad al sospechar que todas las propinas acaban en la taberna. Una de las escenas matritenses de Mesonero Romanos, «El coche Simón», certifica dónde acaba la propina:

Luego que llega al Consejo,
mientras su derecho alega,
cochero y mozo liquidan
la propina en la taberna;
con que añaden a su celo
de Yepes azumbre y media,
para hacer más llevadero
el trabajo de la vuelta.

La semana pasada dijimos que propina sí era palabra cervantina. Y es que el Licenciado Vidriera «tachaba la negligencia e ignorancia de los procuradores y solicitadores, comparándolos a los médicos, los cuales, que sane o no sane el enfermo, ellos llevan su propina, y los procuradores y solicitadores, lo mismo, salgan o no salgan con el pleito que ayudan».

También hemos dicho que «en el principio fue el verbo». Pero, curiosamente, si en propina se ha hecho invisible el sustrato de la ‘bebida’, en propinar se ha evaporado hasta el de la ‘propina’. Es cierto que en la tercera acepción del DILE («dar a beber») todavía queda el rastro de la bebida, pero tras la indicación de «poco usado», que es tanto como decir que ya nadie lo reconoce. Su primera acepción («administrar una medicina») también contiene implícito el «dar a beber», aunque hoy más pensaríamos en propinar una inyección que un jarabe. Porque propinar prácticamente ha quedado reducido a sinónimo de ‘dar’, pero no tanto una dádiva, regalo o donativo, cuanto «un golpe, una paliza, una patada».

Siquiera por justicia poética, acabaremos dejando otra propina en el rincón. Leopoldo Lugones —«hombre de sierras y de bosques» según Borges—, nos dejó esta propina en el «Himno a la luna» de su Lunario sentimental:

En una fonda tudesca,
cierto doncel que llegó en un cisne manso,
cisne o ganso,
pero, al fin, un ave gigantesca;
a la caseosa Balduina,
la moza de la cocina,
mientras estofaba una leguminosa vaina,
le dejó en la jofaina
la luna de propina (vv. 232-40).

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