Los hijos del capitán Verne (y algún que otro padre)

 

Hoy, 8 de febrero, celebramos el 190.º aniversario del nacimiento de Jules Verne en Nantes; y en 2018 se cumplen 150 años de la edición en forma de libro de una de sus grandes obras: Los hijos del capitán Grant, que se había ido publicando en forma de folletín entre 1865 y 1867. Hasta ahí lo que nos depara un simple cálculo matemático y sugiere la costumbre de celebrar aniversarios más o menos redondos.

Con pocos meses de diferencia, coinciden estas fechas con la publicación en la selecta colección francesa de La Pléiade de otra serie de «Viajes extraordinarios» de Verne. Esa ascensión al Olimpo literario francés y la consiguiente gloria del reconocimiento académico, que le fue escatimada en vida, está siendo reparada por algunos de sus hijos literarios o espirituales.

No obstante, aún queda pendiente una auténtica edición crítica de la mayor parte de sus obras, pese a todos los esfuerzos de los estudiosos franceses y de muchos de sus traductores, que se han volcado en fijar textos fiables, sin erratas y, en ciertos casos, realmente atribuibles a Verne (y no a su hijo Michel, como ocurre con algunas de sus últimas obras o con otras publicadas póstumamente).

Vista la impresionante cantidad de novelas, cuentos y otros textos de los que fue autor, se trata de una tarea colosal, pero necesaria, no solo para el disfrute del lector, sino también con el fin de poner de relieve los condicionantes de la producción editorial a los que estaba sometido: el grado de influencia de su mentor, Hetzel; la autocensura o la mera censura ejercida por otros, en función del tipo de publicación a la que estaban destinados sus textos, etcétera.

Hablar de «los hijos del capitán Verne» y parafrasear alegremente el título de Los hijos del capitán Grant, no debe entenderse como una muestra de sumisión jerárquica ni de premisa excluyente, sino que, por el contrario, supone referirse a la filiación literaria y al placer de leer y releer unas páginas que, transcurridos los años, siguen manteniendo la frescura de unas descripciones imperecederas, la emoción de vivir unas aventuras insuperables y el magnetismo que encierran tantos párrafos en los que estallan los volcanes o se desatan las tempestades más feroces, pero en los que el lenguaje cobra, sobre todo, una fuerza proteica, una dimensión nueva.

Hablo de cómo la fértil imaginación de Verne consigue plasmar la insospechada belleza geológica de los paisajes subterráneos de Viaje al centro de la Tierra o la de los alucinantes bosques submarinos de la isla de Crespo en Veinte mil leguas de viaje submarino; hablo también de las escenas del clímax de Miguel Strogoff, casi un Edipo ciego y desvalido en Siberia, al que sostiene una joven Nadia; de la implacable, metódica e inteligente venganza de Matías Sandorf; del divertido desparpajo de Passepartout en La vuelta al mundo en ochenta días; de cómo unos cuantos náufragos consiguen que florezca La isla misteriosa y Verne logra un tour de force al conectar así su imprevista trilogía; del trasfondo de cuentos fantásticos de inagotable interpretación, como Frritt-Flacc; de esa comedia novelada, con vuelta al mar Negro incluida, que es Kerabán el testarudo; de la narración gótica y las apariciones del Castillo de los Cárpatos; de las dificultades del amor en el Archipiélago en llamas y El secreto de Wilhelm Storitz; de las terribles premoniciones de Los quinientos millones de la Begún o el no menos terrible argumento del Chancellor; de la aproximación a los recónditos instintos del ser humano en Dos años de vacaciones, de la que bebería El señor de las moscas; del inquietante mundo de las hulleras y ese extraño amor que brota en Las Indias negras, analizado con tino por el filósofo Michel Serres; o, simplemente, de su estreno, con Cinco semanas en globo, donde ya se intuyen los derroteros que seguirá su obra.

Por supuesto, la emoción de leer o releer todas esas páginas vibrantes, no tiene por qué cegarnos ante otras páginas menos gloriosas y más difíciles de digerir en las que aflora el antisemitismo o en las que la descripción de poblaciones sojuzgadas por el colonialismo no es nada halagüeña. ¿Convicción personal o contradicciones del autor dentro de una obra enorme, en la que, por ejemplo, también aboga por la solidaridad y rechaza claramente la esclavitud (Veinte mil leguas de viaje submarino, Un capitán de quince años)? Para formarse una idea cabal, es preciso continuar estudiando la obra y situarla en su contexto y en relación con la creación literaria e intelectual de su época. Razón de más para insistir en la necesidad de establecer ediciones críticas fiables.

Estos últimos años, los amigos de Graphiclassic han dedicado a Verne sendos volúmenes de artículos, magníficamente ilustrados. Otros autores, como Almudena Grandes, Ledicia Costas o el geógrafo Eduardo Martínez de Pisón, se han valido recientemente de la figura literaria o del referente verniano en algunas de sus obras, y sobre ellas volveremos en otros artículos. De alguna manera, todos ellos forman también parte de ese linaje espiritual al que podemos denominar «hijos del capitán Verne», entre los que estarían otros como R. Bradbury, J. M. G. Le Clézio, G. Perec, A. Muñoz Molina y tantos más.

Celebrar estos aniversarios y hablar de linajes y genealogías nos lleva a mencionar a los «padres» literarios del mismo Jules Verne, que no fueron pocos, ya que si hay algo que distinguió a nuestro autor fue su precoz afición a la lectura, algo que cultivaría toda su vida con auténtica voracidad.

Verne se nutre, claro está, de la epopeya homérica y de otros clásicos grecolatinos; pero también de Rabelais, Cervantes, Shakespeare, Molière, Defoe, Walter Scott, Fenimore Cooper, Edgar A. Poe, E. T. A. Hoffmann, Balzac, Wyss, Dickens o Victor Hugo. Su obra no se entiende sin los Dumas, padre e hijo, pero tampoco sin Baudelaire, que tradujo a Poe al francés; y tendríamos que incluir la música, otra de sus pasiones, junto con la navegación.

Verne es también deudor del teatro y del vodevil francés de su época y al mismo tiempo, tal vez paradójicamente, de miles de páginas de informes y noticias sobre las cuestiones científicas más diversas y de narraciones y relatos de viajeros y exploradores (entre sus fuentes estaban los hermanos Arago, el historiador Jules Michelet, el geógrafo É. Reclus, matemáticos, científicos o marinos). Y eso es lo que hace que su obra represente un cambio de paradigma en la novela que, sin ningún tipo de connotación peyorativa, podemos calificar de «popular», es decir, que goza del favor de un público muy amplio y muy diverso: el gran mérito de Verne es haber sabido captar los rasgos de la modernidad de un mundo que se transforma a toda velocidad y engarzarlos con el relato de aventuras que permanece vigente y vivo de muy diversas formas en la historia de la literatura (como tenemos escrito en algún lugar, al menos desde Gilgamesh, sencillamente porque es consustancial al devenir del ser humano).

En Los hijos del capitán Grant, la novela cuyos 150 años también celebramos ahora, la aventura consiste, esencialmente, en una transformación, una metamorfosis de los personajes (¡recuérdese el nombre de la isla Tabor!). Cada uno de ellos habrá experimentado un cambio crucial en sus vidas al término de la aventura. Curiosamente, debido a esas carambolas editoriales y literarias que ocurren a veces, también se trata de una novela que acabará convirtiéndose en una de las columnas de una trilogía a la que no estaba destinada cuando fue concebida: la que forma con Veinte mil leguas de viaje submarino y con La isla misteriosa.

Leer o releer Los hijos del capitán Grant supone adentrarnos en algunas de las mejores páginas del autor de Nantes. Hay quien declara que es la mejor obra de Verne, o al menos la más completa. Cada lector es muy libre de decidir. Se trata de una novela larga, en tres partes, en la que nos presenta la primera vuelta al mundo que darían unos personajes suyos, en este caso en un obsesivo recorrido por el paralelo 37º meridional. En cierto modo, recuerda a esos pasajes de la Odisea en que Telémaco sale en pos de Ulises, pues el motor de la acción es la búsqueda del padre que emprenden los hermanos Mary y Robert Grant, con el anzuelo añadido del mensaje en una botella como detonante del viaje. Entre sus páginas más memorables están la descripción del vuelo del cóndor, con la figura de Thalcave de fondo, o aquellas en las que se desvela el enigma de Ayrton.

Sea como fuere, Los hijos del capitán Grant es también la obra en la que el Verne más irónico y teatral crea a uno de los personajes más entrañables de toda su obra: el sabio y gran geógrafo Paganel, un personaje tan erudito como terriblemente distraído, que pone con su sabiduría y buen humor el contrapunto necesario a la aventura, y que hallará la clave para resolver el misterio de la novela: dónde estaba el capitán Grant.

Para concluir esta celebración del 8 de febrero a la que nos sumamos con Oportet, sirvan las palabras con las que Verne describe al sabio Paganel, en un guiño inteligente y válido para todo tiempo y lugar: «[Paganel] carecía del aire huraño de esos graves personajes que no ríen nunca, por principio, y cuya nulidad se oculta tras una máscara seria».

 

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