La luz postrera de la tarde

Llega la luz última y su destello se convierte en caricia.

Llega la luz que se tiende como un cuerpo sutil, casi transparente, como una película de oro que envuelve los rastrojos.

Tras ocupar la geometría del campo, llega la luz última a las bocas y a los cuerpos, a las pieles que ya no pueden gozar ni estremecerse, a las células amargas que están a punto de morir.

Es una luz crepuscular, una luz última que todavía define los perfiles, la línea sutil de los ribazos, la sucesión de las ondulaciones.

Una luz tan última que casi está apagada, que casi ya se desvanece.

Llega la luz última a los límites. A los precisos límites del dolor y la ausencia.

Al impreciso límite de la muerte.

Paisaje de la Ribera del Duero. La ondulación de los rastrojos.

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