Exotismo en Camboya: la aldea flotante de Kompong Loan

La aldea flotante de Kompong Loan se sitúa en uno de los extremos del gran lago Tonle Sap formado por el río Stung Sangke. Esta gran concentración de agua dulce mide más de 130 km de largo por unos 30 de ancho y acoge en sus bordes varias poblaciones. La de Kompong Loan es una de las más representativas.

111Camboya. Aldea flotante de Kompong Loan. Pinceladas de la vida diaria.

Estas aldeas flotantes tienen la peculiaridad de que, cuando en la estación seca (diciembre-abril) se reducen los límites del lago, los pobladores tienen que arrastrar las casas a lo largo de varios kilómetros hasta encontrar el nuevo nivel del agua.

En Komlong Loan viven unas 1.500 familias, la mayoría de origen vietnamita. Y lo hacen configurando un pueblo que tiene todos los servicios, aunque expresados de una manera acorde con el nivel de vida existente en Camboya, que ―no conviene olvidarlo― se sitúa entre los más bajos del mundo.

Recorriendo Kompong Loan se tiene la oportunidad de captar, de forma clara y directa, cómo vive la población. Las casas, todas de madera aunque con tejados de chapa, se alzan sobre una plataforma de troncos que flotan sobre la superficie del agua por estar a su vez apoyados sobre bidones vacíos o neumáticos. Amarradas a distintos lugares se pueden contar una, dos o tres embarcaciones, que equivalen a las motocicletas que inundan las carreteras y caminos del país. Obviamente, todos los desplazamientos se hacen mediante distintos tipos de barcas, unas movidas por remos y otras impulsadas por motor.

333Camboya. Aldea flotante de Kompong Loan. Sinfonía de azules enhebrados por el agua.

En el paseo por los caminos del agua se recoge el vívido retrato de la vida diaria: mujeres de edad indefinida limpiando las redes de los pescadores y obteniendo unos peces pequeños, del tamaño de la sardina, que constituyen una de las fuentes principales del sustento diario; se ven muchachas lavando la ropa en el agua sucia del lago; hombres tendidos en hamacas que siguen con su mirada brumosa el rastro de los viajeros que pasan; ancianas cocinando en una vieja sartén que se calienta con el fuego de un oxidado camping gas; niños con el asombro marcado en el rostro, que observan con atención las fisonomías de los visitantes y luego esbozan una sonrisa y mueven la mano con súbita alegría en señal de saludo.

En el transcurso del paseo se pueden distinguir las diferentes tiendas que tratan de satisfacer las necesidades básicas de la población: tiendas que exponen en primera línea de entrada grandes garrafas de agua embotellada y que, como las que vendían ultramarinos en la posguerra española, tienen casi de todo. Se ven talleres de reparación mecánica, motores de barco desguazados, antenas de televisión, ropas puestas a secar, hileras de neumáticos formando zócalos de protección, casas que almacenan pirámides de troncos, quizás porque son el material necesario para construir nuevas viviendas. Brilla el oro de una pagoda entre los tejados metálicos y las maderas agrietadas. Pasa una barca que se desliza silenciosa y transporta botellas de zumo y barras de pan. Más adelante surca la superficie del lago otra barca que lleva un conjunto de bidones vacíos y perfectamente colocados, que caben de forma milagrosa en los estrechos límites del ingenio flotante. Dos niños subidos en una pequeña embarcación llegan remando al lugar donde emerge una torre de vigilancia que se sitúa en el borde del pueblo, donde ya no quedan casas, y extienden unas redes artesanas. Al comienzo de la aldea se yergue un destartalado edificio en el que se lee Police Office bajo un rótulo indescifrable.

Exotismo y pobreza se mezclan y suceden en este retablo lleno de vida y color, que se ofrece al visitante con la fuerza etnológica de lo que todavía no está contaminado por otras formas de cultura.

El viajero occidental queda sumamente impresionado ante la contemplación de este documento veraz y descarnado que muestra una forma de vida difícilmente imaginable para quien se halla instalado en la comodidad doméstica y el confort. Sorprende el sentido del tiempo, la laboriosidad incesante, las casas humildes y desnudas, el que sea posible vivir luchando solo para mantenerse en los escalones más bajos de la supervivencia.

Camboya. Aldea flotante de Kompong Loan. Toldos amarillos y ropas puestas a secar. Pincelada cromática.

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