Crepúsculo de rosas y vino

No es preciso desplazarse a Huelva para gozar del milagro de la luz. O mejor, de la agonía de la luz. De esos crepúsculos lentos y litúrgicos que deslumbraban a Juan Ramón Jiménez cuando los contemplaba desde las terrazas de Moguer. De esas puestas de sol que le hacen decir al poeta Pablo García Baena que «en el principio era la luz y la luz era Huelva, y la luz de Huelva iluminaba la mar». No se trata de esa claridad germinativa de octubre capaz de suscitar el verso «las lumbres del ocaso prenden las últimas rosas».

Aquí, en este caso, el mes no es octubre sino julio; no existe un jardín de rosas encendidas sino una ordenada geometría de rastrojos; y no hay un mar, sino un océano de espigas.

O sí hay mar, pero es un mar interior, de ocres y verdes, de surcos infinitos y trigos amarillos, un oleaje de signos y colores que definen un cuadro donde se concentran las rosas del otoño y el vino del mundo.

Foto tomada desde «El Picotillo», término municipal de Sotillo de la Ribera (Burgos).

4 comentarios en “Crepúsculo de rosas y vino

  1. Estuve en Huelva el año pasado, pero ahora al leer tu descripción, creo que debo de volver e intentar ver ese paisaje que describes. Un placer leerte, Pascual.

    • Muchas gracias, Teresa. A Huelva siempre hay que volver. Entre otras cosas, para gozar de sus atardeceres y recorrer el laberinto blanco de las calles de Moguer.

      Pero no es imprescindible ir a Huelva para sumergirse en la magia del ocaso.

      Desde cualquier otero de Castilla se puede asistir al fascinante espectáculo que genera la agonía de la luz sobre los surcos.

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